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8 de marzo

8 de marzo de 2018

h¿Huelga? Qué palabra tan difícil de pronunciar para un tipo como yo: individualista, poco gremial y casi nada asociativo. Además, cuando estoy convencido de alguna causa común, siempre viene alguien y lo estropea con una salida de tono, con una indeseable utilización del argumento de las dos orillas, los míos y los de enfrente. Pero esta vez, ni los nuevos inquisidores, ni los censores 2.0 van a conseguirlo.

Escribo estas frases en el escritorio. Delante de mí, y sobre una estantería, veo el trofeo que he fotografiado. “III Torneo Benjamín ‘Enrique Porta’. Mejor Jugador. Febrero 2018”. Y me digo: en esta ocasión, no podrán conmigo ciertos lemas estúpidos, tampoco los discursos absurdos. Ni siquiera las palabras hirientes. No, porque tengo los datos, tenemos los datos. Al alcance de todos.

He escogido un campo, el de la judicatura, pero podría ser cualquier otro. En España, hay 5.637 jueces. De ellos, más de la mitad son mujeres. Sin embargo, si salimos de los tribunales de primera instancia y entramos en la sala de gobierno del Tribunal Supremo o en la presidencia de los Tribunales Superiores de Justicia, la proporción equilibrada salta por los aires. En el Supremo, son trece los miembros que forman parte de su sala de gobierno. Todos son hombres. En cuanto a las presidencias de los Tribunales Superiores de Justicia, encontramos dieciséis hombres y una mujer. Podría seguir en otros ámbitos, pero para qué aburrir con más datos. Basta con echar una ojeada al reparto de responsabilidades en el espacio público. El privado ofrece un panorama más bochornoso aun.

Albert Camus ya era un enorme escritor y ensayista, cuando le concedieron el Premio Nobel de Literatura en 1957, pero a partir de ese momento se convirtió en una figura más popular, si cabe. Hasta su muerte, ocurrida en 1960, dejó un buen número de entrevistas e intervenciones en charlas, coloquios y conferencias. En una de ellas, y en plena guerra entre Francia y el Frente de Liberación Nacional argelino, un estudiante le afeó su equidistancia en el conflicto entre la metrópli y la colonia (Camus había nacido en Argel) y le criticó en público por no respaldar la justa independencia, aunque se alcanzara con bombas. El autor de ‘El extranjero’ y faro intelectual y ético de varias generaciones le respondió de forma espontánea: “En estos momentos, están poniendo bombas en los tranvías de Argel. Mi madre puede estar en uno de esos tranvías. Si la justicia es eso, prefiero a mi madre”.

Igual alguno piensa que el argumento está cogido con pinzas, pero estos días he pensado mucho en esta frase, que actualizada me lleva a no tener que decidir entre justicia y mi madre porque las dos son lo mismo.

Miro de nuevo el trofeo y recuerdo que lo recibió Luna hace unas semanas en un torneo, en el que jugaban cinco equipos masculinos y uno femenino, que acabó clasificado en tercer lugar. Los organizadores se reunieron al final y decidieron dar el galardón de mejor futbolista a una chica. Cuando me enseñó el trofeo, Luna me dijo: “Mira, papá, se han equivocado y han puesto mejor jugador”. Pues eso, justicia y mi madre.

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Adiós a Quini

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28 de febrero de 2018

Esta fotografía del 15 de marzo de 1981 ha estado expuesta en el museo del F.C. Barcelona. Ahora, desconozco si continúa colgada. En el equipo azulgrana, forman Artola, Schuster, Paco Martínez, Ramírez, Zuviría, Olmo y Alexanco, arriba; y Estella, Esteban, Simonssen y Ramos, abajo. Yo aparezco con la mano derecha sobre el balón. Mi tío José conocía a Pepito Ramos y tuve la oportunidad de saltar al césped de El Helmántico y hacerme la foto con el Barça. Horas antes, había estado en el desaparecido Gran Hotel, pidiendo autógrafos a los jugadores y al entrenador, Helenio Herrera. Conseguí todos, menos el de Bernd Schuster, que no quiso firmar en mi cuaderno. Eran años felices en Salamanca y los niños, que soñábamos con jugar en Primera con la Unión, nos colábamos en los hoteles para tener la rúbrica de jugadores como Arconada, Santillana o Dani.
El Salamanca iba mal en aquella temporada 80/81 y el Barça era favorito, aunque nunca antes había ganado en El Hemántico. El equipo catalán llegaba bien situado para ganar la liga, pero con un dolor inmenso porque su delantero centro llevaba secuestrado dos semanas. Tres tipos lo habían metido por la fuerza en una furgoneta y lo habían trasladado a un sótano en Zaragoza. El Barcelona pasó un horrible mes de marzo y dilapidó sus esperanzas de ser campeón. También perdió en Salamanca. Cuando liberaron a Quini, ya era tarde para remontar.
Veo en esta foto el hueco que dejaron, de forma espontánea, sus compañeros; veo la mirada de Paco Martínez hacia ese lugar; y me veo a mí aquella tarde soleada de marzo de principios de los ochenta. Descansa en paz, Quini, buen hombre y buen futbolista.

Tiempos imbéciles

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1 de marzo de 2018

Vivimos tiempos imbéciles. La Historia es así. Hay épocas revolucionarias, otras son felices y algunas, espantosas. Ahora toca la de la estupidez. Esa necedad ¿es peligrosa? Puede serlo, aunque muchos de sus representantes no aguanten un asalto en un debate de ideas. Digo todo esto al hilo de la pública lapidación de Woody Allen.
Recuerda Javier Cercas, en su artículo del pasado domingo en El País Semanal, que “en 1993, Dylan Farrow, hija adoptiva de Allen y Mia Farrow, acusó al director neoyorquino de abusar sexualmente de ella, que entonces contaba siete años. La denuncia fue investigada por los servicios de bienestar infantil de Nueva York y por un hospital de Connecticut, y ambos concluyeron que no hubo abuso”.
Farrow ha vuelto a insistir con su denuncia, ahora que las piedras llueven sobre pecadores, justos y mediopensionistas. Yo no sé si dice la verdad, ¿quién lo sabe? Leo que muchas personas la creen y que casi ninguna hace caso a otro hijo adoptivo de su madre, que ha señalado que su hermana se inventó las acusaciones contra Allen. Por supuesto, prácticamente nadie ha salido en defensa del director neoyorquino.
Hasta aquí, los líos de una familia singular. A partir de aquí, la nula credibilidad que se le da a los profesionales, que investigaron la denuncia a principios de los noventa y la condena sobre un inocente. Porque es inocente, porque por muchas vueltas que se le dé al asunto, lo que hay que demostrar es la culpabilidad, no la inocencia. Porque si no fuera así, el mundo sería un horror y estaríamos expuestos a la delación infundada.
Cuando defiendo esta postura, me enfrento a un argumento, que define bien esta época. Algo habrá hecho, porque este señor empezó a salir con Soon-Yi Previn, hija adoptiva de Mia Farrow y André Previn, cuando ella tenía poco más de veinte años. Por cierto, se casaron en 1997 y siguen juntos. Respondo si este hecho, que no representa un delito, es suficiente para destrozar el honor de una persona. Las respuestas van desde ‘no es trigo limpio’ a ‘cuando el río suena, agua lleva’.
Uno de mis libros preferidos es ‘El Proceso’, de Franz Kafka. Cuenta la historia de un hombre, que es arrestado por una razón que desconoce. Es un hombre corriente, que se encuentra atrapado en una culpa, que busca su castigo. Se trata de una lógica diabólica e inversa a la idea de justicia. El conocimiento de los hechos es incierto porque la maquinaria de la justicia es misteriosa y provoca una sensación de soledad y angustia en el individuo ante la sociedad y el poder. “Alguien debió de haber calumniado a Josef K., porque sin haber hecho nada malo, una mañana fue detenido”. Así empieza el relato, así empieza el horror.
Yo no sé si Allen es culpable. Para eso, están los tribunales, afortunadamente. Leía este fin de semana en la revista ‘Magazine’ una entrevista a Javier Bardem, en la que defendía la presunción de inocencia de Allen, pero terminaba con una frase para quedar bien con el personal: “Woody Allen ha ido a juicio dos veces y no lo han declarado culpable. Con todo, siendo un artista con una gran trayectoria, si se probase que eso sucedió, yo, particularmente, no podría volver a ver ninguna de sus obras”.
Si se probase, no podría volver a ver ninguna de sus obras… Debo de ser un insensible porque me veo incapaz de no revisitar Manhattan o Annie Hall. Tampoco de no emocionarme con ‘El Pianista’; de no temblar al leer: ‘Aunque éste sea el último dolor que ella me causa, y éstos sean los últimos versos que yo le escribo’. Polanski, Neruda, genios oscuros.
¿No puedo admirar el arte cinematográfico de ‘El triunfo de la voluntad’ u ‘Olympia’ porque Leni Riefenstahl trabajó, codo con codo, con Hitler y Goebbels en la propaganda del nazismo? ¿No puedo releer ‘Viaje al final de la noche’ porque el antisemita Louis-Ferdinand Céline era un orgulloso colaborador del régimen de Vichy? Creo que Bardem se columpia por temor al qué dirán, por ser políticamente correcto.
Yo no sé si Woody Allen es culpable, pero sí sé que estos tiempos imbéciles pueden parecerse demasiado a una novela de Kafka, al horror.

 

Ciudadano romano

29 de agosto de 2017

romaLa culpa la tienen los visigodos. Creo, sinceramente, que con ellos se jodió todo. Éramos más felices siendo ciudadanos romanos. Además, el poder de Roma desembarcó en Ampurias, con lo que le restaron valor -sin ellos saberlo – al hecho diferencial. Romanización, qué maravilla. Latín para todos, calzadas, normas jurídicas, termas, puentes indestructibles como el de Salmantica, perfecta localización de ciudades como Caesaraugusta, obras nunca imaginadas antes como el Acueducto de Segovia. Se me van los ojos y las manos cada vez que veo una piedra sobre otra con dos milenios de historia.

Nunca hemos estado más cerca de la felicidad. Desde entonces, solo la hemos rozado con Napoleón, trágicamente derrotado por los cabrones de los ingleses, que únicamente viven por y para su isla; y con la agonizante Unión Europea.

Existe un empeño por situar en la Edad Media la clave para entender la Historia y tomar decisiones en el presente, que marquen nuestro futuro como sociedad. Hay personas que piensan que España tiene tres mil años. Otros defienden que Cataluña es una nación desde hace siglos. Algunos tergiversan lo ocurrido y se inventan nombres como el de la “corona catalano-aragonesa”. Las masas citan de oídas a Alfonso II de Aragón, lanzan vivas o abominan de los Reyes Católicos, piden independencia en un campo de fútbol cada vez que se llega al minuto 17 y 14 segundos para recordar lo malo que fue Felipe V o se creen que Franco no bombardeó Madrid.

La Historia, desde cuando interesa. En eso, el personal pacífico coincide con los miserables terroristas, que reclaman Al-Ándalus con una boina del Che Guevara. Olvidamos que somos un conjunto de casualidades. También de causalidades, claro. ¿Se puede cambiar?, ¿es legítimo defender una emancipación? Por supuesto, pero dejemos las boinas en el perchero. Pienso que nos habría ido mejor, si el conde-duque de Olivares se hubiera centrado en el oeste y no en el este a mediados del siglo XVII. La capital sería Lisboa, presumiríamos de fado y flamenco, hablaríamos más bajito y el sueño ibérico de Saramago tendría más de tres siglos.

Grité con el gol de la final de Sudáfrica, me enorgullece leer que somos líderes mundiales en trasplantes y que aquí pueden casarse dos personas del mismo sexo desde hace unos cuantos años. En distintos ambientes, he sonreído satisfecho cuando me han asociado con Picasso, Iniesta, Almodóvar, Camarón o Cervantes. Y lo pienso y digo: “Ya ves, solo por haber nacido cerca de ellos”.

Son pensamientos sueltos unidos con el fin de desdramatizar, de defender la libertad de pensamiento y de quitarle hierro al tema de las fronteras. Pero si alguien se pone pesado, reclamo mi condición de ciudadano romano.

Qué poco te defendemos

22 de junio de 2017

ueLa bandera azul es de las pocas, que no me molesta. Quizás porque no se enarbola contra nada ni contra nadie. A lo mejor, por ello, resulta difícil de defender. Es más sencillo colocarse detrás de una pancarta reclamando imposibles o llenar tu discurso de la palabra ‘patria’. Europa no excita, su razón de ser se ha diluido en el recuerdo de un siglo XX, en blanco y negro o color sepia.

Hace años, antes de que todos pagáramos con euros, visité las instituciones europeas, una Torre de Babel levantada en Bruselas, donde cientos de intérpretes se ganaban la vida. Recuerdo que fui para entrevistar a Loyola de Palacio. Tenía que preguntarle por la reapertura de la línea ferroviaria Pau-Canfranc-Zaragoza, una histórica reclamación aragonesa. La comisaria de Transportes tenía desplegados sobre su mesa todos los proyectos de conexión por tren dentro de las fronteras de la Unión. Salí de la entrevista con la sensación de que los asuntos se resolvían, o simplemente se metían en un cajón, a demasiados kilómetros de distancia de donde estaba el problema, la necesidad o la reivindicación. Antes de volver, me presentaron a un funcionario barcelonés, que me desglosó las ventajas de formar parte de la UE: las subvenciones, las fronteras abiertas, la globalización de las soluciones, las becas Erasmus, el control desde Bruselas frente a los posibles desmanes de un gobierno en concreto… Por encima de todas, se me quedó grabada una. Franceses y alemanes se habían matado con muchas ganas en la guerra franco-prusiana de 1870, en la Gran Guerra – entre 1914 y 1918 – y en la Segunda Guerra Mundial, entre 1939 y 1945. Por aquel entonces, finales de la década de los 90, ya habían transcurrido más de cincuenta años de paz entre París y Berlín. Ahora, son más de setenta.

Sé que cuestiones como el Estado del bienestar, las clases medias, el acceso universal a determinados derechos o una voz común no encienden pasiones en esta Europa envejecida y temerosa, que no es capaz de dar asilo a miles de desgraciados amontonados a sus puertas.

En los últimos años lo que nos llega de Europa resulta poco atractivo o directamente amargo. Diferencias entre los socios para tener un mismo portavoz, la implacable Troika, la burocracia  de una organización desconectada de sus ciudadanos.

¿Cuáles son las alternativas? ¿Marcharse a lo british?; ¿echarse en brazos de Putin?, ¿abrazar a Trump, que celebró el éxito de Farage y se apenó con la derrota de Le Pen?; ¿apostar por China?; ¿envolvernos en una bandera de proteccionismo y viejos mitos?

A la mierda, prefiero esta Unión Europea en la que no hay pena de muerte; en la que un tribunal puede dar la razón a los afectados por la cláusula suelo a pesar de que España, a través de sus abogados del Estado, no defendió a sus compatriotas, sino a los bancos; en la que se puede protestar porque los gobiernos no cumplen con sus compromisos de acogida de refugiados; en la que se puede celebrar el Día del Orgullo Gay; en la que puedes cruzar los Pirineos sin pasaporte.

Hay mucho por hacer y por mejorar; siempre habrá corbatas sin conciencia, que campen a sus anchas en despachos alejados de la vida; a veces hay que taparse la nariz cuando llega una información de Bruselas. Todo es cierto, pero también es verdad que hemos recorrido juntos un camino inolvidable. Se me ocurren pocos sitios mejores para tener más derechos y libertades que Roma, Copenhague o Lisboa. Y, además, ya son setenta y dos años sin que franceses y alemanes se pongan la mano encima.

Veinte años ya

2 de junio de 2017

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El domingo 1 de junio 1997 amaneció soleado en Salamanca. La última mañana en mi ciudad la pasé en el Estadio Helmántico. Allí, en la penúltima jornada de liga en Segunda División, la Unión derrotó al Mallorca por tres goles a uno y dejó el ascenso a Primera a una victoria, que llegaría quince días después en Mendizorroza frente al Alavés. Narré aquel partido en COPE-Salamanca, mi último día de trabajo después de varios años, como becario primero y como empleado a media jornada después. Era una media jornada curiosa porque solía multiplicarse por dos.

Recuerdo llegar a casa y comer con mis padres a toda prisa porque me iba a primera hora de la tarde. Besos de despedida, sin pararnos a pensar que me iba para siempre. Demasiado deprisa.

El autobús, que cubría el trayecto Coria-Barcelona, paraba en Zaragoza de noche. El vehículo se detuvo en un semáforo en rojo en la avenida Anselmo Clavé y el conductor nos apremió para que nos bajáramos allí los que íbamos a Zaragoza. ¡No había estación de autobuses en la quinta ciudad de España!

Cogí un taxi, que me llevó al Hotel Meliá Corona. Allí, Radio Zaragoza contaba con  habitaciones reservadas. Artistas, que venían a actuar en los conciertos de Los 40 Principales o M-80; directores de otras emisoras, que llegaban para hablar de publicidad o contenidos; e incluso, como comprobé, periodistas veinteañeros, que se hospedaban allí hasta que encontraban un piso de alquiler.

Hice mi primera llamada a casa con un Airtel recién estrenado.

  • Bien, bien. El viaje, bien. Ya hablaremos.

Una de esas conversaciones intranscendentes, como si te fueras a ver al día siguiente. Me acuerdo de seguir en la tele de la habitación los resultados de la segunda vuelta de las elecciones legislativas francesas. El socialista Lionel Jospin ganó los comicios con holgura y me dormí sin imaginar que aquel era el primer domingo de muchos en Zaragoza.

El lunes no tuve que ir a la emisora hasta media mañana. Lo sé porque entonces tenía la costumbre de llevar un diario en el que anotaba ideas, citas o el cine que veía –  “La buena estrella”, en los cines Goya, fue la primera película en mi nueva ciudad –.

Desayuné en una cafetería de la calle Cádiz, a medio camino entre el hotel y la radio, y tuve una sensación, que me acompaña desde entonces. El volumen de las conversaciones era más alto que en Salamanca. También, la simpatía de camareros y clientes.

Firmé un contrato de sustitución en la SER porque una redactora se marchaba con una excedencia. Había pasado un verano, el del 93, en Radio Sevilla y debí de entrarle por buen ojo a Antonio García Ferreras, que era el jefe de informativos. Ferreras subió y subió hasta la dirección de la emisora de PRISA en Madrid y se acordó de mí cuando surgió una oportunidad en Aragón.

La SER había comprado Radio Zaragoza, que hasta 1996 había sido una emisora asociada. El ya fallecido Ventura García Estruch era el director y Plácido Díez Bella, el director de contenidos. Yo formaba parte del grupo de recién licenciados junto a Samuel Barraguer, Eva Pérez Sorribes o Belén Lorente. Con más mili a sus espaldas, Concha Monserrat, Marina Fortuño o Juliana Muro. Una necesaria y atractiva mezcla de edades y experiencias.

Cobraba 108.000 pesetas de salario neto. En el primer año, me subieron dos veces el sueldo. La primera porque, de forma inesperada, me llamó el editor de informativos, Jesús Mari Santos, para que me fuera a trabajar con él a Antena 3 Televisión en Madrid. La segunda porque me dieron más responsabilidad en la radio y eso conllevaba un incremento salarial.

Los primeros días comía un menú de 900 pesetas en un restaurante, ya desaparecido, cerca de la Plaza Salamero. Fue entonces cuando adquirí la costumbre de comer solo y tomar un café después, acompañado por un periódico o un libro. De vez en cuando, me doy el placer de hacerlo.

Tardé una semana en encontrar una vivienda, que fue la primera de muchas. Mi compañero era de Linares y venía a trabajar en Los 40. Llegó unos días más tarde que yo, a piso puesto. Lo primero que me dijo fue:

  • He visto un río, qué pedazo de río.
  • El Ebro, claro.
  • No lo sé, pero qué pedazo de río.

Aquello no auguraba nada bueno. Una semana más tarde, me pidió dinero prestado. Salía todas las noches – yo solo algunas – y todo terminó entre nosotros cuando descubrí que iba a trabajar en taxi, mientras yo, que le había dejado 25.000 pesetas, iba andando. Un fenómeno, que lavaba su ropa con Mistol porque el lavavajillas era de las pocas cosas compradas en común.

Era junio de 1997 y todavía faltaba casi medio año para que Canal+ emitiera en abierto, en España, la primera temporada de Friends y a Lady Di aún le quedaban tres meses de vida.

Veinte años después, a la Unión Deportiva Salamanca se la ha tragado la tierra; Zaragoza cuenta con una enorme estación de autobuses; la SER ya no hospeda a sus promesas en un hotel de primer nivel; de Airtel solo recordamos el anuncio del niño (“Hola, soy Edu, Feliz Navidad”); una clínica dental y una academia de inglés ocupan el lugar de los cines Goya; los socialistas no ganan en Francia ni a la petanca; el precio de los menús ha subido más que el de los salarios. Eso sí, el Ebro sigue siendo un pedazo de río, aunque a veces, como ahora, puede cruzarse andando.

Un hoyuelo de cien años

9 de diciembre de 2016

senderosdegloriaBogart, Stewart, Mitchum, Wayne, Grant, Peck, Brando, Newman, Pacino, De Niro. Me cuesta incluir a Kirk Douglas entre mis actores estadounidenses preferidos. Posiblemente, porque llevo más tiempo sin ver sus películas. Repaso su filmografía ahora que cumple cien años y la percepción cambia. Douglas es un fiero vikingo, es el pistolero Doc Holliday en O.K. Corral, es un ballenero  dentro del Nautilus del capitán Nemo, es ¡Espartaco! Vi aquellas películas en butacas de madera, que crujían en el cine del colegio y en casa tumbado sobre la alfombra, con las manos debajo de la barbilla y los ojos abiertos de par en par.

La nostalgia me devuelve a ese actor, hijo de rusos judíos. Él contó en su autobiografía “El hijo del trapero” que sus padres, pobres y analfabetos, llegaron a Estados Unidos en 1908. Huían de Moscú para evitar el reclutamiento del padre en la guerra ruso-japonesa. La emigración, los refugiados, la historia.

Cuando estudiaba Periodismo, descubrí a otro Kirk Douglas. La profesora de Teoría General de la Información, Rosa Pinto, se empeñaba en explicar asuntos teóricos con ejemplos prácticos sacados del cine. Bendito empeño porque aquellos trozos de películas contribuyeron a que amara el cine casi por encima de todas las cosas que pueden amarse sin besos. Las películas de los martes en La 2 a principios de los Noventa. Aquellos ciclos dedicados a Jack Lemmon, Burt Lancaster y tantos otros, que vi junto a mi madre. El carné gratuito en la Filmoteca de Salamanca. Las clases de Luis Urbez en la asignatura de Cine en cuarto de carrera. Esos años comprobé que Douglas no hizo de Van Gogh, que era Van Gogh. Descubrí una joya de Billy Wilder, en la que encarnaba a un periodista sin escrúpulos. Es “El gran carnaval” (“Ace in the hole”) y resulta imprescindible para cualquiera, cuyo trabajo consista en unir sujeto, verbo y predicado para contar noticias o historias. Y mi preferida: con Stanley Kubrick, antes de rodar “Espartaco”, protagonizó la estremecedora “Senderos de gloria”. Esta cinta debería ser obligatoria en jefaturas de estado mayor y centros de inteligencia militar.

Tiempo después, supe que le echó más que una mano a Dalton Trumbo cuando el Comité de Actividades Antiamericanas persiguió y encarceló al guionista. No volveré a sacarle de mi lista, Mr. Douglas.