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Ciudadano romano

29 de agosto de 2017

romaLa culpa la tienen los visigodos. Creo, sinceramente, que con ellos se jodió todo. Éramos más felices siendo ciudadanos romanos. Además, el poder de Roma desembarcó en Ampurias, con lo que le restaron valor -sin ellos saberlo – al hecho diferencial. Romanización, qué maravilla. Latín para todos, calzadas, normas jurídicas, termas, puentes indestructibles como el de Salmantica, perfecta localización de ciudades como Caesaraugusta, obras nunca imaginadas antes como el Acueducto de Segovia. Se me van los ojos y las manos cada vez que veo una piedra sobre otra con dos milenios de historia.

Nunca hemos estado más cerca de la felicidad. Desde entonces, solo la hemos rozado con Napoleón, trágicamente derrotado por los cabrones de los ingleses, que únicamente viven por y para su isla; y con la agonizante Unión Europea.

Existe un empeño por situar en la Edad Media la clave para entender la Historia y tomar decisiones en el presente, que marquen nuestro futuro como sociedad. Hay personas que piensan que España tiene tres mil años. Otros defienden que Cataluña es una nación desde hace siglos. Algunos tergiversan lo ocurrido y se inventan nombres como el de la “corona catalano-aragonesa”. Las masas citan de oídas a Alfonso II de Aragón, lanzan vivas o abominan de los Reyes Católicos, piden independencia en un campo de fútbol cada vez que se llega al minuto 17 y 14 segundos para recordar lo malo que fue Felipe V o se creen que Franco no bombardeó Madrid.

La Historia, desde cuando interesa. En eso, el personal pacífico coincide con los miserables terroristas, que reclaman Al-Ándalus con una boina del Che Guevara. Olvidamos que somos un conjunto de casualidades. También de causalidades, claro. ¿Se puede cambiar?, ¿es legítimo defender una emancipación? Por supuesto, pero dejemos las boinas en el perchero. Pienso que nos habría ido mejor, si el conde-duque de Olivares se hubiera centrado en el oeste y no en el este a mediados del siglo XVII. La capital sería Lisboa, presumiríamos de fado y flamenco, hablaríamos más bajito y el sueño ibérico de Saramago tendría más de tres siglos.

Grité con el gol de la final de Sudáfrica, me enorgullece leer que somos líderes mundiales en trasplantes y que aquí pueden casarse dos personas del mismo sexo desde hace unos cuantos años. En distintos ambientes, he sonreído satisfecho cuando me han asociado con Picasso, Iniesta, Almodóvar, Camarón o Cervantes. Y lo pienso y digo: “Ya ves, solo por haber nacido cerca de ellos”.

Son pensamientos sueltos unidos con el fin de desdramatizar, de defender la libertad de pensamiento y de quitarle hierro al tema de las fronteras. Pero si alguien se pone pesado, reclamo mi condición de ciudadano romano.

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Qué poco te defendemos

22 de junio de 2017

ueLa bandera azul es de las pocas, que no me molesta. Quizás porque no se enarbola contra nada ni contra nadie. A lo mejor, por ello, resulta difícil de defender. Es más sencillo colocarse detrás de una pancarta reclamando imposibles o llenar tu discurso de la palabra ‘patria’. Europa no excita, su razón de ser se ha diluido en el recuerdo de un siglo XX, en blanco y negro o color sepia.

Hace años, antes de que todos pagáramos con euros, visité las instituciones europeas, una Torre de Babel levantada en Bruselas, donde cientos de intérpretes se ganaban la vida. Recuerdo que fui para entrevistar a Loyola de Palacio. Tenía que preguntarle por la reapertura de la línea ferroviaria Pau-Canfranc-Zaragoza, una histórica reclamación aragonesa. La comisaria de Transportes tenía desplegados sobre su mesa todos los proyectos de conexión por tren dentro de las fronteras de la Unión. Salí de la entrevista con la sensación de que los asuntos se resolvían, o simplemente se metían en un cajón, a demasiados kilómetros de distancia de donde estaba el problema, la necesidad o la reivindicación. Antes de volver, me presentaron a un funcionario barcelonés, que me desglosó las ventajas de formar parte de la UE: las subvenciones, las fronteras abiertas, la globalización de las soluciones, las becas Erasmus, el control desde Bruselas frente a los posibles desmanes de un gobierno en concreto… Por encima de todas, se me quedó grabada una. Franceses y alemanes se habían matado con muchas ganas en la guerra franco-prusiana de 1870, en la Gran Guerra – entre 1914 y 1918 – y en la Segunda Guerra Mundial, entre 1939 y 1945. Por aquel entonces, finales de la década de los 90, ya habían transcurrido más de cincuenta años de paz entre París y Berlín. Ahora, son más de setenta.

Sé que cuestiones como el Estado del bienestar, las clases medias, el acceso universal a determinados derechos o una voz común no encienden pasiones en esta Europa envejecida y temerosa, que no es capaz de dar asilo a miles de desgraciados amontonados a sus puertas.

En los últimos años lo que nos llega de Europa resulta poco atractivo o directamente amargo. Diferencias entre los socios para tener un mismo portavoz, la implacable Troika, la burocracia  de una organización desconectada de sus ciudadanos.

¿Cuáles son las alternativas? ¿Marcharse a lo british?; ¿echarse en brazos de Putin?, ¿abrazar a Trump, que celebró el éxito de Farage y se apenó con la derrota de Le Pen?; ¿apostar por China?; ¿envolvernos en una bandera de proteccionismo y viejos mitos?

A la mierda, prefiero esta Unión Europea en la que no hay pena de muerte; en la que un tribunal puede dar la razón a los afectados por la cláusula suelo a pesar de que España, a través de sus abogados del Estado, no defendió a sus compatriotas, sino a los bancos; en la que se puede protestar porque los gobiernos no cumplen con sus compromisos de acogida de refugiados; en la que se puede celebrar el Día del Orgullo Gay; en la que puedes cruzar los Pirineos sin pasaporte.

Hay mucho por hacer y por mejorar; siempre habrá corbatas sin conciencia, que campen a sus anchas en despachos alejados de la vida; a veces hay que taparse la nariz cuando llega una información de Bruselas. Todo es cierto, pero también es verdad que hemos recorrido juntos un camino inolvidable. Se me ocurren pocos sitios mejores para tener más derechos y libertades que Roma, Copenhague o Lisboa. Y, además, ya son setenta y dos años sin que franceses y alemanes se pongan la mano encima.

Veinte años ya

2 de junio de 2017

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El domingo 1 de junio 1997 amaneció soleado en Salamanca. La última mañana en mi ciudad la pasé en el Estadio Helmántico. Allí, en la penúltima jornada de liga en Segunda División, la Unión derrotó al Mallorca por tres goles a uno y dejó el ascenso a Primera a una victoria, que llegaría quince días después en Mendizorroza frente al Alavés. Narré aquel partido en COPE-Salamanca, mi último día de trabajo después de varios años, como becario primero y como empleado a media jornada después. Era una media jornada curiosa porque solía multiplicarse por dos.

Recuerdo llegar a casa y comer con mis padres a toda prisa porque me iba a primera hora de la tarde. Besos de despedida, sin pararnos a pensar que me iba para siempre. Demasiado deprisa.

El autobús, que cubría el trayecto Coria-Barcelona, paraba en Zaragoza de noche. El vehículo se detuvo en un semáforo en rojo en la avenida Anselmo Clavé y el conductor nos apremió para que nos bajáramos allí los que íbamos a Zaragoza. ¡No había estación de autobuses en la quinta ciudad de España!

Cogí un taxi, que me llevó al Hotel Meliá Corona. Allí, Radio Zaragoza contaba con  habitaciones reservadas. Artistas, que venían a actuar en los conciertos de Los 40 Principales o M-80; directores de otras emisoras, que llegaban para hablar de publicidad o contenidos; e incluso, como comprobé, periodistas veinteañeros, que se hospedaban allí hasta que encontraban un piso de alquiler.

Hice mi primera llamada a casa con un Airtel recién estrenado.

  • Bien, bien. El viaje, bien. Ya hablaremos.

Una de esas conversaciones intranscendentes, como si te fueras a ver al día siguiente. Me acuerdo de seguir en la tele de la habitación los resultados de la segunda vuelta de las elecciones legislativas francesas. El socialista Lionel Jospin ganó los comicios con holgura y me dormí sin imaginar que aquel era el primer domingo de muchos en Zaragoza.

El lunes no tuve que ir a la emisora hasta media mañana. Lo sé porque entonces tenía la costumbre de llevar un diario en el que anotaba ideas, citas o el cine que veía –  “La buena estrella”, en los cines Goya, fue la primera película en mi nueva ciudad –.

Desayuné en una cafetería de la calle Cádiz, a medio camino entre el hotel y la radio, y tuve una sensación, que me acompaña desde entonces. El volumen de las conversaciones era más alto que en Salamanca. También, la simpatía de camareros y clientes.

Firmé un contrato de sustitución en la SER porque una redactora se marchaba con una excedencia. Había pasado un verano, el del 93, en Radio Sevilla y debí de entrarle por buen ojo a Antonio García Ferreras, que era el jefe de informativos. Ferreras subió y subió hasta la dirección de la emisora de PRISA en Madrid y se acordó de mí cuando surgió una oportunidad en Aragón.

La SER había comprado Radio Zaragoza, que hasta 1996 había sido una emisora asociada. El ya fallecido Ventura García Estruch era el director y Plácido Díez Bella, el director de contenidos. Yo formaba parte del grupo de recién licenciados junto a Samuel Barraguer, Eva Pérez Sorribes o Belén Lorente. Con más mili a sus espaldas, Concha Monserrat, Marina Fortuño o Juliana Muro. Una necesaria y atractiva mezcla de edades y experiencias.

Cobraba 108.000 pesetas de salario neto. En el primer año, me subieron dos veces el sueldo. La primera porque, de forma inesperada, me llamó el editor de informativos, Jesús Mari Santos, para que me fuera a trabajar con él a Antena 3 Televisión en Madrid. La segunda porque me dieron más responsabilidad en la radio y eso conllevaba un incremento salarial.

Los primeros días comía un menú de 900 pesetas en un restaurante, ya desaparecido, cerca de la Plaza Salamero. Fue entonces cuando adquirí la costumbre de comer solo y tomar un café después, acompañado por un periódico o un libro. De vez en cuando, me doy el placer de hacerlo.

Tardé una semana en encontrar una vivienda, que fue la primera de muchas. Mi compañero era de Linares y venía a trabajar en Los 40. Llegó unos días más tarde que yo, a piso puesto. Lo primero que me dijo fue:

  • He visto un río, qué pedazo de río.
  • El Ebro, claro.
  • No lo sé, pero qué pedazo de río.

Aquello no auguraba nada bueno. Una semana más tarde, me pidió dinero prestado. Salía todas las noches – yo solo algunas – y todo terminó entre nosotros cuando descubrí que iba a trabajar en taxi, mientras yo, que le había dejado 25.000 pesetas, iba andando. Un fenómeno, que lavaba su ropa con Mistol porque el lavavajillas era de las pocas cosas compradas en común.

Era junio de 1997 y todavía faltaba casi medio año para que Canal+ emitiera en abierto, en España, la primera temporada de Friends y a Lady Di aún le quedaban tres meses de vida.

Veinte años después, a la Unión Deportiva Salamanca se la ha tragado la tierra; Zaragoza cuenta con una enorme estación de autobuses; la SER ya no hospeda a sus promesas en un hotel de primer nivel; de Airtel solo recordamos el anuncio del niño (“Hola, soy Edu, Feliz Navidad”); una clínica dental y una academia de inglés ocupan el lugar de los cines Goya; los socialistas no ganan en Francia ni a la petanca; el precio de los menús ha subido más que el de los salarios. Eso sí, el Ebro sigue siendo un pedazo de río, aunque a veces, como ahora, puede cruzarse andando.

Un hoyuelo de cien años

9 de diciembre de 2016

senderosdegloriaBogart, Stewart, Mitchum, Wayne, Grant, Peck, Brando, Newman, Pacino, De Niro. Me cuesta incluir a Kirk Douglas entre mis actores estadounidenses preferidos. Posiblemente, porque llevo más tiempo sin ver sus películas. Repaso su filmografía ahora que cumple cien años y la percepción cambia. Douglas es un fiero vikingo, es el pistolero Doc Holliday en O.K. Corral, es un ballenero  dentro del Nautilus del capitán Nemo, es ¡Espartaco! Vi aquellas películas en butacas de madera, que crujían en el cine del colegio y en casa tumbado sobre la alfombra, con las manos debajo de la barbilla y los ojos abiertos de par en par.

La nostalgia me devuelve a ese actor, hijo de rusos judíos. Él contó en su autobiografía “El hijo del trapero” que sus padres, pobres y analfabetos, llegaron a Estados Unidos en 1908. Huían de Moscú para evitar el reclutamiento del padre en la guerra ruso-japonesa. La emigración, los refugiados, la historia.

Cuando estudiaba Periodismo, descubrí a otro Kirk Douglas. La profesora de Teoría General de la Información, Rosa Pinto, se empeñaba en explicar asuntos teóricos con ejemplos prácticos sacados del cine. Bendito empeño porque aquellos trozos de películas contribuyeron a que amara el cine casi por encima de todas las cosas que pueden amarse sin besos. Las películas de los martes en La 2 a principios de los Noventa. Aquellos ciclos dedicados a Jack Lemmon, Burt Lancaster y tantos otros, que vi junto a mi madre. El carné gratuito en la Filmoteca de Salamanca. Las clases de Luis Urbez en la asignatura de Cine en cuarto de carrera. Esos años comprobé que Douglas no hizo de Van Gogh, que era Van Gogh. Descubrí una joya de Billy Wilder, en la que encarnaba a un periodista sin escrúpulos. Es “El gran carnaval” (“Ace in the hole”) y resulta imprescindible para cualquiera, cuyo trabajo consista en unir sujeto, verbo y predicado para contar noticias o historias. Y mi preferida: con Stanley Kubrick, antes de rodar “Espartaco”, protagonizó la estremecedora “Senderos de gloria”. Esta cinta debería ser obligatoria en jefaturas de estado mayor y centros de inteligencia militar.

Tiempo después, supe que le echó más que una mano a Dalton Trumbo cuando el Comité de Actividades Antiamericanas persiguió y encarceló al guionista. No volveré a sacarle de mi lista, Mr. Douglas.

9 de noviembre de 2016

lat-trumpHa ganado Trump: ¡Viva la democracia!, la misma en la que el nuevo presidente de los Estados Unidos no creía cuando aseguraba que no reconocería una posible victoria de Hillary Clinton. Ese imperfecto sistema, según el cual puedes ganar a pesar de tener menos votos que tu rival. ¡Viva la democracia! y basta de pseudoanálisis, que califican a los votantes republicanos como blancos simplones, racistas e incultos. Volveremos a soportarlos cuando el Frente Nacional se imponga en la primera vuelta de las presidenciales francesas. Y si no, al tiempo. Ya veo a los socialistas pidiendo el voto para Juppé o Sarkozy en la segunda vuelta, con el único objetivo de que Marine Le Pen no pise el Elíseo.

Sabemos poco de lo que ocurre realmente en Estados Unidos. Creemos estar informados, pero la aldea global, en la que nos movemos y a la que tenemos acceso digital, llena nuestras pantallas de vídeos, frases cortas enlazadas a páginas en las que casi nadie entra. Mensajes descontextualizados, que no nos hacen más listos ni menos ignorantes.

Los medios de comunicación tradicionales están peor que en el siglo XX. En el plano de la influencia, les sucede como a las denostadas instituciones políticas de la vieja Europa. Desacreditados por su entrega a los poderes económicos, ya no son una referencia para una mayoría, que creo que tampoco se informa demasiado bien a través de canales alternativos, sino que se limita a recibir “noticias” poco o nada contrastadas, a engullir lo que le llega en función, sobre todo, de lo que quiere que le cuenten. Pura propaganda.

Los medios de siempre, y supuestamente serios, hacen poco por recuperar el prestigio. Han eliminado corresponsalías, han echado a veteranos de las redacciones y no mandan periodistas al lugar de la noticia. A mí no me sirve que una televisión o una emisora de radio envíen a Nueva York a unas cuantas caras bonitas o locutores estrella tres días antes de las elecciones. En algunos casos, los rostros famosos, que luego dan lecciones de periodismo en las entregas de premios, hacen directos con “palos selfies”. Es el periodismo 2.0, alejado de la vieja máxima de “gente que le cuenta a la gente lo que le pasa a la gente”, aquel en el que ni siquiera se cuida la forma porque resulta más barato pinchar la señal de la CNN.

He sentido vergüenza con el lamento generalizado en portadas, editoriales y programas por el triunfo del magnate republicano. Cualquier oyente que haya sintonizado una emisora hoy por la mañana en España habrá adivinado el resultado electoral por el abatido saludo: “Son las ocho, snif, las siete en Canarias, snif,…” Ay, qué tristeza y qué infelices los 59 millones de estadounidenses, que han votado por un racista, machista y mil cosas más. Por cierto, que Trump ha ganado con un millón y medio de votos menos de los que sacó Mitt Romney en 2012. El problema es que los demócratas se han dejado por el camino más de seis millones de votos en cuatro años. En su reelección, a Obama le apoyaron 66 millones de estadounidenses y a Hillary Clinton, solo 59 y medio. Si nos quedamos en el sofá, pasa lo que pasa.

La gente vota lo que le da la gana, al margen de que Lady Gaga o Bruce Springsteen respalden en público a un candidato y aunque al otro no le apoye nadie del establishment político o cultural. Se tiende a rabiar en privado por el hecho de que una persona equivalga a un voto, aunque uno vaya a la moda y el otro sea feliz con su partida semanal de bolos. Y esto vale para cualquier democracia. La gente deposita su papeleta con la cabeza, con las tripas o con el corazón, así que dejemos de juzgar a los demás por lo que votan. No somos colectivamente mejores que otros.

Yo puedo creer que la elección de Trump es un desastre, que el Brexit representa un empujón más hacia un abismo lleno de banderas, proteccionismo y egoísmo, pero no hago el ridículo poniendo caras de asombro cuando escucho decir que votarán a Trump unos puertorriqueños afincados en Florida hace diez años. El ser humano es así y si le va bien a él y a su familia, se olvida, ahora que tiene un techo y una nómina, de sus hermanos, que cruzan un mar o saltan un muro en busca de El Dorado.

Así que lo digo de nuevo: ¡Viva la democracia! Siempre será mejor elegir y siempre hay una posibilidad de revancha… dentro de cuatro años. Si de mí dependiera, el presidente sería eternamente Jed Bartlet. Seguramente, ese líder de “El Ala Oeste de la Casa Blanca” sentiría vergüenza por la presencia en su despacho de este matón malhablado, pero diría algo así: “El pueblo ha votado. Ya está”.

La elección del emperador

8 de noviembre de 2016

bandera_de_ee-_uu-_en_newport_californiaNo conozco Estados Unidos. Es una asignatura pendiente, otra más. En cualquier caso, uno llena su vida con viajes, pero también con lecturas, música, películas. Creo que si un día cruzo el Atlántico y me hago una foto en el puente de Brooklyn, no sabré más sobre ellos. Sí que me gustaría ser un flâneur en Nueva York, algo que solo he logrado, un poco, en Lisboa y París. O recorrer las carreteras sin fin, que atraviesan los estados del interior y parar en ese bar a pie de arcén, con un neón en la puerta, para que Lucy me ofrezca más café.

En ese país tan enorme, más o menos la mitad de sus ciudadanos vota a favor de un tipo sin defensa posible. Y no todos esos electores responden al esquema: blanco, inculto, racista. En esa nación, la pena de muerte es legal en treinta y uno de sus estados. Han hecho y deshecho a su antojo en América Latina, tiraron dos bombas atómicas en Japón, se pelearon durante la Guerra Fría con los rusos en conflictos siempre alejados de Washington. Si eres pobre o vas camino de serlo, estás peor en Chicago que en una ciudad europea. Y la lista sería interminable.

También la otra, la del país forjado a sí mismo, la de la tierra de las oportunidades, la de los barcos llenos de inmigrantes llegando a Ellis Island, la de una cultura moldeada desde orígenes tan diversos como Grecia, México, Alemania, Italia, Hungría, el mundo entero. La caída de Richard Nixon gracias a la investigación de dos periodistas. Casablanca, Ciudadano Kane y El Padrino. Las cruces en los cementerios europeos de los chicos de Texas, Ohio o California, que se dejaron la vida contra Hitler. Louis Armstrong, Elvis Presley y Bob Dylan. La cultura del esfuerzo. Scott Fitzgerald, Mark Twain y Truman Capote. Los mates de Michael Jordan. El jazz, el soul y el country. John Ford, Martin Scorsese y Clint Eastwood. El Nueva York de Paul Auster, Abraham Lincoln, el sueño de Martin Luther King, el anhelo de alquilar un coche y escuchar a los Eagles en la Ruta 66.

El Imperio elige un César y en las provincias romanas contenemos el aliento.

A flor de piel

29 de julio de 2016

vdaHubo un tiempo en el que todos veíamos lo mismo. “Marco” encontró a su madre, mientras los niños de la Transición merendábamos pan con chocolate delante de teles con uno o dos canales. Jugábamos en el recreo a ser “Curro Jiménez” y presumíamos de haber visto el capítulo del día anterior a pesar de que tenía uno o dos rombos. Lo cierto es que nuestras madres nos habían contado algunas escenas por la mañana, mientras untábamos las galletas María en los tazones de leche con Cola-Cao. Y así, con “Mazinger Z” o “El gran héroe americano”.

Años más tarde, “Cheers”, “Seinfeld”, “Frasier”, “Siete Vidas”. En todas podía comentar lo sucedido en cada capítulo con otros como yo. No me engañan las reposiciones. Recuerdo, por ejemplo, la primera emisión de “Friends” en Canal +.

Algo cambió después porque las series que más me han gustado en los últimos años las he visto cuando Tony Soprano, Jimmy McNulty, Walter White o la familia Fisher ya no estaban de moda. Le he cogido el gusto a disfrutar de ellos cuando ya no están en el candelero.

He dedicado las dos últimas semanas a una serie hispano-argentina, que pasó casi inadvertida en 2006. La emitió Tele 5 y, como no cumplió las expectativas de audiencia, acabó relegada primero y suprimida después.

“Vientos de agua” cuenta la vida en Argentina de un minero asturiano, que huye de España en 1934. Juan José Campanella mezcla esta historia con la del hijo menor de este expatriado, que a principios del nuevo siglo se ve obligado a viajar hasta Madrid por culpa del corralito. Trece episodios, uno al día, todos paladeados. Cada plano del director de “El secreto de sus ojos” deja poso, te pellizca el alma. Es una pequeña enciclopedia visual de sentimientos.

El desarraigo, las raíces arrancadas de cuajo, los viajes solo con billete de ida. “Vientos de agua” ilumina cualquier reflexión que podamos hacer sobre el drama de los refugiados. Cuenta lo que fuimos, lo que somos, lo que podemos ser y lo que nunca seremos.  Gracias, Campanella.